Jesús Vázquez, presentador

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«La tolerancia es la clave de la integración»

Jesús Vázquez, presentador

Nacido en Ferrol en 1965 y adoptado por el mundo, Jesús Vázquez es una persona que a nadie le pasa inadvertido. Joven, guapo e inteligente se ha convertido en el icono del movimiento gay, hace suspirar a todas las mujeres y se ha ganado el respeto de los hombres heterosexuales a base de trabajar.

Reconoce que la vida le ha dado mucho y se siente en la obligación moral de devolver algo de ello a los que más lo necesitan. Por eso es uno de los rostros más solidarios del momento con sus colaboraciones con ACNUR y otras organizaciones. Quiso ser veterinario y luego actor, aunque ahora está enamorado de la televisión, eso sí, sólo de la parte delantera de las cámaras, porque reconoce que tiene poco tiempo para ponerse frente a ‘la caja tonta’.

C. G. V.

—De estudiante de veterinaria a modelo, pasando por actor. ¿Qué es lo que más te motiva en esta vida?
J.V. Lo que más me motiva es la televisión. Efectivamente he probado muchas cosas y tras estudiar arte dramático en Madrid, yo pensaba que mi carrera sería de actor, pero cuando la tele se cruzó en mi vida me enganchó y ahora es donde más cómodo me siento. No obstante, he disfrutado mucho con casi todas las cosas que he hecho, aunque tengo claro que lo mío es la televisión y espero poder seguir haciéndolo durante toda mi vida, hasta que me muera.

—Eres conocido por tu solidaridad. ¿Trabajas actualmente en algún proyecto de este tipo?
J.V. Recientemente he participado en un proyecto solidario con el Ministerio de Sanidad orientado a prevenir los contagios de VIH, ya que han detectado un aumento de los casos, especialmente entre la población más joven y sobre todo de homosexuales, pues existe la certeza de que debido a que la gente joven ve que se avanza mucho en el tratamiento de la patología le está perdiendo el miedo y se está dejando de usar el preservativo, por lo que la campaña trata de concienciar a la juventud de que la cuestión es muy seria.

«Cuando visitas un campo de refugiados te impactan muchas cosas. Ver cómo vive allí la gente y lo que han experimentado antes de llegar es a veces escalofriante. Es realmente dramático. Aunque una de las cosas que más me dolía era el ver cómo a chicas jovencísimas se les practicaba la ablación, incluso por sus propias madres».

«Reconozco que soy una persona muy privilegiada. La vida me ha dado mucho y a cambio intento devolver algo de eso que se me ha dado. Por eso, cuando se me pide que ayude, si puedo, siento que es como una obligación moral el hacerlo. Pero no se puede obligar a los demás».

—En numerosas ocasiones has mostrado especial sensibilidad con causas solidarias. ¿Cuál es el problema social que más te preocupa?
J.V. He trabajado en numerosos proyectos solidarios, aunque lo que igual más me ha llenado ha sido el trabajo con personas de países del Tercer Mundo, no porque no me preocupen los temas de aquí, sino porque ellos lo tienen peor. Creo que las guerras y sus consecuencias son un gran problema para este mundo.

—¿Esto te motivó a colaborar con ACNUR?
J.V. Bueno, esto y otras muchas cosas. Ahora estamos llevando a cabo varios proyectos en los campos de refugiados de Somalia para concienciar a las personas que viven allí sobre cuestiones de higiene y salud, pero lo de ACNUR es más amplio, es ver cualquier problema que conoces de Europa multiplicado por cien.

—El estar en contacto con los más desfavorecidos, ¿te ha sensibilizado más o te ha endurecido?
J.V. Ambas cosas, obviamente ves las cosas con más frialdad, porque cuando se ven los horrores de cerca los puedes observar más críticamente y no sólo con el corazón, aunque esto te hace ser más consciente de las dificultades que tienen y a valorarlas. No obstante, y a pesar de lo mucho que uno se puede acostumbrar, el corazón siempre se te encoje ante determinadas imágenes.

—¿Crees que te ha enriquecido como persona?
J.V. Mucho. Mucho. No voy a decir que soy una persona diferente después de haber viajado a los campos de refugiados, pero sí es cierto que ahora veo las cosas desde una perspectiva diferente, más amplia.

—¿De todas las injusticias que has visto hasta el momento, cuál es la que más te ha impactado?
J.V. Cuando visitas un campo de refugiados te impactan muchas cosas. Ver cómo vive allí la gente y lo que han experimentado antes de llegar es a veces escalofriante, realmente dramático. Aunque una de las cosas que más me dolía era el ver cómo a chicas jovencísimas se les practicaba la ablación, incluso por sus propias madres. En este sentido vamos a iniciar una campaña para tratar de erradicar esta lacra, aunque el problema es profundo, ya que es una costumbre muy arraigada en determinadas culturas con la que no es fácil luchar. Me sorprendía mucho cómo me contaban las propias madres, que habían pasado por lo mismo, que si no lo hacían sus niñitas recibirían el rechazo social del resto del pueblo y serían marginadas, pero a mí, al verles los ojitos se me caía el alma a los pies. Es una práctica realmente horrible con la que se trunca la vida de las mujeres provocándoles cuantiosos efectos secundarios, además de un trauma para toda su vida.

—Viendo los problemas del tercer mundo, ¿te parecen banales los que tenemos aquí?
J.V. Hombre, a ver, es verdad, pero claro, es como tratar de ponerle un valor a las tragedias para ver cuáles son mayores y cuáles menores. Aquí tenemos también numerosos problemas que son realmente lamentables, aunque es verdad que al ver a gente que no tiene nada, ni siquiera comida ni agua, porque viven de la ayuda externa y que cuando vas a visitarlos te reciben con una sonrisa y te cantan y bailan y acogen en sus chavolas y te dan todo lo que tienen, te hace pensar cómo nosotros en este ‘primer mundo’ tan opulento, derrochador y decadente, nos quejamos de cuestiones que en otros sitios no tienen ninguna importancia. Te hace pensar si realmente tenemos derecho a quejarnos de nada. Nuestro mundo es absolutamente privilegiado, pero las tragedias en países con menos recursos son mucho mayores.

«En general creo que España es un país muy concienciado y solidario y que los diferentes gobiernos así lo han hecho posible. Tengo la convicción de que todos los poderes públicos hacen todo lo posible para mejorar la calidad de vida de sus colectivos más desfavorecidos».

«La clave de esa integración está en la educación. Hay que tomar cartas para convertirnos en ciudadanos más tolerantes, solidarios, menos egoístas y con mayor disposición a ayudar a los demás. Por eso creo que la nueva asignatura de educación para la ciudadanía es todo un acierto, porque enseña a los niños a ser tolerantes y a ser mejores ciudadanos y respetar más los derechos humanos».

—Has viajado mucho también por el “primer mundo”. ¿Crees que en España se hace lo suficiente para mejorar la calidad de vida de los colectivos más desfavorecidos?
J.V. En general, creo que España es un país muy concienciado y solidario y que los diferentes gobiernos así lo han hecho posible. Tengo la convicción de que todos los poderes públicos hacen todo lo que pueden para mejorar la calidad de vida de los colectivos más desfavorecidos. Además, las campañas y proyectos funcionan ajenos a signos y colores políticos, muy concienciados con sus ciudadanos y sus problemas.

—Has luchado mucho para lograr el reconocimiento social del colectivo gay. Las personas con discapacidad experimentan también un rechazo similar ¿cuáles creen que son las claves de la integración?
J.V. La clave de esa integración está en la educación. Hay que tomar cartas para convertirnos en ciudadanos más tolerantes, solidarios, menos egoístas y con mayor disposición a ayudar a los demás. Por eso creo que la nueva asignatura de educación para la ciudadanía es todo un acierto, porque enseña a los niños a ser tolerantes y a ser mejores ciudadanos y respetar más los derechos humanos. Esta asignatura se imparte en casi todos los países civilizados y nadie se ha asustado por ello, ya que persigue formarnos como eso, como buenos ciudadanos responsables y tolerantes, desde que los niños son pequeños. Lo que no es correcto es caminar hacia la moral única y la cerrazón, porque entonces llegaremos a una sociedad intolerante.

—¿Crees que es necesario que personajes famosos se impliquen solidariamente para motivar al resto de la sociedad?
J.V. Creo que sí, aunque es una opción personal. No se puede obligar a nadie para que se implique por los demás. Yo lo he sentido así y por eso lo hago. Reconozco que soy una persona muy privilegiada. La vida me ha dado mucho y a cambio intento devolver algo de eso que se me ha dado. Por eso, cuando se me pide que ayude, si puedo, siento que es como una obligación moral el hacerlo. Pero no se puede obligar a los demás.

—¿Has trabajado alguna vez con personas con discapacidad en España o fuera?
J.V. La verdad es que no. Nunca me lo ha pedido nadie y es raro, porque me han solicitado colaborar en proyectos muy variopintos. No siempre puedes hacer todo, es cierto, pero en concreto con este colectivo no he tenido la ocasión de colaborar, aunque en mi entorno hay personas con discapacidad y cuento con amigos que sí se han relacionado más con proyectos solidarios de este colectivo. Yo tengo un amigo muy especial con discapacidad física y muchos problemas, porque necesita tratamientos constantes. Él es una de las personas que más me ha aportado en la vida, por su carácter, forma de ser y optimismo. Me ha enseñado muchísimas cosas, porque a parte de ser brillante e inteligente, es conciliador y tremendamente positivo, y cuando veo cómo no se rinde a pesar de haber recibido tantos reveses en al vida me sube mucho la moral. De él también me gusta cómo se integra y cómo trabaja y lucha. Además, desde que se levanta comienza su batalla y nunca le oyes quejarse. Lo mejor de todo es que, encima, él muchas veces nos consuela a todos los demás.

Las claves de Jesús Vázquez

Un sueño…
Nunca olvidarás…
Una pasión…
Una virtud…
Un defecto…

Poder seguir llevando la esperanza a los refugiados
las miradas de los niños
me gusta mucho la fotografía y viajar
no me gusta hablar muy bien de mí, pero soy muy trabajador
tengo muchos

 

 



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