Según el Instituto Nacional de Estadística, en España existen más de 3,5 millones de personas con algún tipo de discapacidad, es decir, una de cada doce tiene problemas para comunicarse, ver, oír o desplazarse. Este dato debería hacernos reflexionar sobre el modelo de ciudad al que parecemos abocados sin remedio: una urbe inhóspita e inaccesible, donde el coche es el rey, un modelo muy alejado de esas poblaciones abiertas y acogedoras donde todos podamos movernos y comunicarnos sin barreras. Obstáculos que, en muchos casos, pueden llegar a impedir a algunos de nuestros conciudadanos, aquéllos que presentan una discapacidad, hacer cosas tan comunes como dar un paseo por el barrio, sacar dinero del cajero automático, hacerse un reconocimiento médico, asistir a un concierto o ir al cine.
Aún estamos lejos de vivir en ciudades adaptadas a las
necesidades de todos. Más de la mitad de los edificios de uso público de
las principales ciudades españolas –mejor no hablar de las edificaciones
de uso privado– presentan problemas de accesibilidad.
Las dificultades más comunes a las que se enfrentan
las personas con discapacidad tienen que ver con barreras urbanísticas y
arquitectónicas, a veces tan insalvables como la falta de plazas de
aparcamiento reservadas para personas con movilidad reducida, un
bordillo elevado, un par de escalones, una puerta estrecha o una
barandilla inexistente. Por no hablar de la ausencia y/o deficiencia de
las alternativas (rampas con una pendiente muy pronunciada, ascensores
con poco fondo, plataformas sin barandillas donde sujetarse). Y qué
decir de los servicios públicos. Casi la mitad de los cuartos de baño de
los edificios públicos son inaccesibles para una persona en silla de
ruedas: bien porque las puertas son demasiado estrechas o se abren hacia
dentro en vez de hacia fuera, bien por la excesiva altura de los lavabos
o bien por la ausencia de barras de transferencia para utilizar el
inodoro.
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La calidad de la sanidad española es lo que más preocupa a la población española (31,4%), muy por delante de la educación (20,7%), la vivienda (18%) y la seguridad ciudadana (12,4%).
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Las personas sordas y ciegas, además, padecen una
serie de problemas propios. En el caso de los discapacitados auditivos,
casi no hay edificios que cuenten con medios de comunicación específicos
para ellos (desde una buena señalización hasta una persona instruida en
el lenguaje de signos); mientras que las personas con graves
deficiencias visuales se enfrentan a la falta de indicadores acústicos,
la ausencia de franjas que señalicen escaleras y ascensores, barandillas
demasiado cortas, pasos de cebra con semáforos silenciosos.
La accesibilidad arquitectónica, urbanística y en el
transporte es un derecho básico para las personas discapacitadas. Pero
¿y la salud? Aunque no lo crean, la calidad de la sanidad española es lo
que más preocupa a la población española (31,4%), muy por delante de la
educación (20,7%), la vivienda (18%) y la seguridad ciudadana (12,4%),
según los últimos datos publicados por el Barómetro Sanitario.
Los discapacitados no son ajenos a esta creciente
preocupación. Si a la hora de enfrentarse al sistema sanitario público
encuentran problemas (falta de un cuadro médico especializado, escasez
de centros donde se hayan eliminado las barreras arquitectónicas y se
utilice mobiliario y aparatología adaptada), a la hora de adquirir un
seguro privado la mayoría de las personas con discapacidad se enfrenta a
la imposibilidad para suscribirse, la exclusión de determinadas
especialidades médicas, el pago de altas sobreprimas... Pocas compañías
aseguradoras ofrecen a este colectivo un seguro a la medida de sus
necesidades, con los servicios al mismo precio y con las mismas
condiciones que el resto de clientes.
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Con la entrada en vigor del Convenio Internacional para los Derechos de las Personas con Discapacidad, prevista a finales de 2008, los estados miembros de Naciones Unidas adoptarán diferentes medidas para asegurar el acceso de las personas con discapacidad a todos los servicios de salud.
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Para acabar con la discriminación a la que se ven
sometidas las personas discapacitadas, la ONU acaba de aprobar el
borrador de la Convención Internacional para los Derechos de las
Personas Discapacitadas. Gracias a este convenio, cuya entrada en vigor
está prevista a finales de 2008, los estados miembros de Naciones Unidas
adoptarán diferentes medidas para asegurar el acceso de las personas con
discapacidad a todos los servicios de salud. Así, podrán proporcionarles
servicios de salud a precios asequibles y de la misma variedad y calidad
que a otras personas (incluidos servicios de salud sexual y
reproductiva) y programas de salud pública dirigidos a la población.
También estarán obligados a suministrar los servicios de salud que
necesiten como consecuencia de su discapacidad y aquellos servicios que
vayan destinados a prevenir y reducir al mínimo la aparición de nuevas
discapacidades, siempre lo más cerca posible de las comunidades donde
residan (incluidas las zonas rurales).
Pero no queda ahí la cosa. Los países firmantes de
este convenio de carácter internacional deberán exigir a los
profesionales de la salud que presten atención de la misma calidad a las
personas con discapacidad que al resto de la población, a través de la
creación de normas éticas para la atención de la salud en los sectores
público y privado. Además, deberán prohibir la discriminación contra las
personas con discapacidad en la prestación de seguros de salud y de
seguros de vida, cuando así lo permita la legislación nacional.
Cuando la accesibilidad de toda la población se asuma
como eje central de la política, no sólo municipal sino autonómica y
nacional, podremos decir que hemos logrado hacer de nuestro pueblo,
nuestra ciudad, nuestra comunidad, nuestro país y nuestro mundo; en
definitiva, hacer de nuestra vida un lugar auténticamente accesible y,
por tanto, mucho más humano.
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John de Zulueta es presidente
de Sanitas
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