Cada día acude a su lugar de trabajo, sin perder la sonrisa a pesar de que ya lleva en el mismo puesto más de siete años. La persona que vamos a conocer como Claudio es agradable y con sentido del humor, hace unos ocho años tuvo un grave accidente laboral mientras trabajaba en una obra, lo que le produjo la pérdida de sus dos piernas. La lejanía de su patria, es de Portugal, y el poco contacto con su familia, unido a las trabas que la discapacidad le suponen para trabajar han propiciado que Claudio, desde hace siete años, viva en la calle y puntualmente acuda cada día a su puesto para recaudar algunas monedas con las que poder comer. Aunque suene manido y reiterativo, aún hoy el acceso a la educación, al empleo, a la protección social, a la salud, a los medios de transporte o a la información, son derechos básicos a los que todavía muchas personas con discapacidad, como Claudio, no tienen acceso o no pueden hacerlo en iguales condiciones que otros individuos, máxime cuando, además, no se cuentan con los recursos económicos suficientes. Claudio está ahí, hora tras hora, entre la gente que corretea de arriba para abajo por una de las calles más comerciales de Madrid. Es una gran ironía: miles de personas cargan con bolsas de ropa y accesorios de la última tendencia mientras Claudio intenta hacerles ver que no está ahí porque le guste. Lo hace por una necesidad que se ha hecho patente, dice, “en un país que parece vivir en la ignorancia sobre la pobreza que nos rodea, y encima no se da cuenta de que la discapacidad, muchas veces, se convierte en la peor traba para conseguir insertarse en la sociedad y salir de este círculo vicioso que es la pobreza”.
La discapacidad aparece por distintos factores, y, en muchos casos existe una causa efecto que conlleva que sus recursos se vean mermados y por tanto no sean suficientes para poder adaptarse a una nueva situación personal. Encuentran dificultades incluso para amoldarse a su nuevo entorno, trabas que van, desde la transformación de la vivienda, a poder tener una asistencia sanitaria adecuada, hasta acceder a intervenciones quirúrgicas necesarias para mejorar su calidad de vida. Fernando Docal está dispuesto a contar sus andanzas por el mundo porque quiere contribuir a hacer más visible la pobreza en nuestro país. Cuando estaba terminando la mili, sufrió el primer brote de esquizofrenia. Ahora, con 52 años, “los nervios están más estables pero sigo en tratamiento y mi situación personal está muy lejos de lo que me gustaría”, asegura. Se aloja en un piso tutelado de la Comunidad de Madrid y vive con el escaso dinero que le aporta la pensión no contributiva que recibe. Hace tanto tiempo que abandonó el mercado laboral que a penas lo recuerda, “por lo menos 15 años o más”. Ha pasado por momentos mucho peores y por eso ahora se atreve a asegurar: “yo al menos tengo un techo, porque cuando vives en la calle crees que vas a volverte loco”.
Por el contrario, Mario (como conoceremos a otro de nuestros colaboradores) lleva tantos años en la calle que ni recuerda desde cuando está en esta situación. Sufrió un accidente de tráfico que le produjo una discapacidad física grave que prefiere no concretar para no ser reconocido. Acude cada día junto a su esposa a una de las calles de mayor glamour de Madrid para conseguir unos euros que cubran sus necesidades y las de su familia: sus dos hijas. “Ellas son lo único que importa. Por culpa de mi discapacidad y por vivir en esta situación están creciendo con unas carencias que harán que su supervivencia sea mucho más dura que la de cualquier otro chaval de su edad”. Es un círculo vicioso: la deficiencia alimenticia, la formación inadecuada o la mala asistencia sanitaria serán factores determinantes en el futuro de estas niñas que, como tantos otros menores, viven por debajo del umbral de la pobreza y puede que, quizás un día, desarrollen una discapacidad. Situaciones como ésta han llevado a la Alianza Española contra la Pobreza a denunciar que, si no cambian las cosas, a consecuencia de la pobreza, enfermedades o discapacidades en el año 2015 habrán muerto en el mundo 45 millones de niños y 97 millones de menores seguirán sin escolarizar. “No debemos resignarnos a que mueran cada día de hambre 30.000 seres humanos, ni a que cada año fallezcan 10 millones de niños y niñas por causas fácilmente evitables cuando hay recursos para ello”, apunta David Álvarez, portavoz de Alianza contra la Pobreza. Lo lamentable es que estas cifras siempre suenan lejos, pero están más cerca de lo que imaginamos. Tan sólo un dato para la reflexión: el continente africano es uno de los que más pobreza sufre y el Estrecho de Gibraltar sólo mide 14 kilómetros...
La madurez de la sociedad es un proceso evolutivo y social en el cual las personas con discapacidad prácticamente no han tenido cabida. Todas las sociedades deberían contar con los recursos y el apoyo necesario para que las personas con discapacidad y sin recursos consigan integrarse en la estructura social. Pero la realidad de muchos países no concuerda con este ideal y en muchas sociedades, incluida la nuestra, la prosperidad no entra en todos los hogares. Estudios recientes demuestran que el desarrollo de la sociedad no suele producirse paralelamente al progreso material, por lo que incluso en épocas de expansión económica, hay personas que no se benefician de esta prosperidad. En estos grupos se encuentran, muy frecuentemente, las personas con discapacidad y sus familias. En este sentido, ningunear la discapacidad es una muestra de falta de humanidad, pues se deja de lado a personas que, igualmente preparadas, podrían contribuir al enriquecimiento del país con su trabajo y experiencia personal. Muchas de estas personas, con una salud debilitada por su discapacidad y una alimentación deficitaria, no cuentan con una formación adecuada por falta de recursos y porque la sociedad, nuestra sociedad, no les ha dado la oportunidad de recibir ni educación ni una especialización apropiada para desempeñar un puesto de trabajo cuanto menos digno. Es el caso de Mario, quien aún contando con una discapacidad grave deseaba conocer los entramados de las nuevas tecnologías con la esperanza de que el teletrabajo le diese una oportunidad laboral. Finalmente desistió por falta de apoyos y recursos económicos. Fernando también quería prosperar. Trabajaba como guardia de seguridad, pero su enfermedad no le permitía ascender a categorías en las que pudiese portar un arma y su sueldo se vio sustancialmente reducido antes de dejarlo.
Numerosas teorías sostenían que el desarrollo de la sociedad sería una consecuencia lógica del crecimiento económico de las naciones, pero sucedió lo contrario. La globalización y la nueva economía han hecho que la desigualdad aumente hasta producir una “brecha” inevitable que se mantiene hasta hoy. Como consecuencia, los ricos son más ricos y los pobres, cada día más pobres. Desde la Alianza Española contra la Pobreza aseguran que la falta de voluntad política que propicie un mejor reparto de los recursos, es la que condena a la mitad de la población mundial a vivir en la pobreza ya que existen recursos económicos, tecnologías y capacidades más que suficientes para erradicar la pobreza.
Madrid, por ser el centro neurálgico de España, alberga millones de personas de todos los rincones de la península y también de otros países que, como Mario, vinieron un día guiados por un desarrollo económico y social que aún en muchos lugares no se ha producido. La familia de Mario es de Rumanía. Vino a España hace muchos años con la idea de prosperar en un país más rico que el suyo. Al principio no tuvo problemas, encontró trabajo de camarero, luego de albañil y de transportista de mercancías, hasta que un accidente con el camión le retiró del mercado laboral. “El accidente lo trastornó todo”, asegura. “El desconocimiento y la desinformación, junto a mi situación de extranjero, no me permitían acceder a los servicios sociales que existen para estos casos”. Sin embargo, por su experiencia, Mario considera que “la sociedad madrileña, como tantas otras, no está preparada para afrontar una situación como ésta, en la que discapacidad y pobreza van unidas”. Cree que “las políticas y la mentalidad de las personas no tienen en cuenta estas circunstancias, que aunque no lo parezca, ocurren. La gente está ciega y cree que la prosperidad nos llega a todos. Cuando nos ven en la calle piensan: ‘¡con todo el trabajo que hay en España!’ sin pararse a pensar que cuando llegas a una situación así es porque antes has pasado por muchas penurias. Nadie pide por placer. Nadie vive en la calle por gusto”.
En España, a pesar de ser un país desarrollado, existen alrededor de ocho millones y medio de personas en situación de pobreza, según estimaciones de la Red Europea de la Pobreza y la Exclusión Social en el Estado Español (EAPN-ES), aunque sobre este asunto las cifras son siempre muy difusas. Pero si estos datos son imprecisos, más lo son los de las personas con discapacidad que están por debajo del umbral de pobreza. La escasez de información estadística sobre la situación del colectivo, la ausencia o representación mínima de indicadores de discapacidad en los censos y sondeos, o la falta de análisis de los datos son síntomas de la exclusión y la marginación que aún viven las personas con discapacidad en nuestro país. De acuerdo con estimaciones de Naciones Unidas, la gente con discapacidad representa entre el 7 y el 10% de la población de un país. En el caso de España, algunas valoraciones sitúan la cifra en el 9% de la población (unos tres millones y medio de habitantes). Sin embargo, no son cifras oficiales, pues las última Encuesta sobre Discapacidades Deficiencias y Estado de Salud (EDDS) se realizó hace unos 7 años, cuando se contabilizaban en España un escaso millón y medio de personas con discapacidad. Obviamente, en esos años la cifra se ha incrementado por el terrorismo, los accidentes de tráfico, los laborales o las enfermedades discapacitantes, entre otros factores. Aumento que, por el momento, es imposible de cuantificar por la ausencia de análisis recientes que expresen esta realidad. España, como país desarrollado que es, debe establecer mecanismos para luchar contra esta pobreza. Sin embargo, ocurre lo que en muchos países, no se tiene en cuenta la variable de la discapacidad a la hora de diseñar políticas que actúen de forma trasversal y positiva que acaben con esta situación. La población sin recursos se concibe como un todo homogéneo, sin apreciar que dentro de la desigualdad existen sectores tan específicos que se ven aún más perjudicados por situaciones personales y, por tanto, necesitan un apoyo mayor. Además, si tenemos en cuenta que el empleo es el mejor trampolín para salir de una situación de pobreza, las cifras hablan por sí solas. Actualmente la tasa de empleo de este colectivo es tan sólo del 24%. Un dato muy significativo si, además, tenemos en cuenta que, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), más de 1.200.000 personas con discapacidad (35%) no tiene estudios y casi medio millón (13,4%) son analfabetos. En cuanto a servicios sociales se refiere, aún queda mucho hasta que nuestro país alcance el nivel de otros países vecinos más comprometidos como Dinamarca, Países Bajos, Luxemburgo, Noruega o Suecia.
En muchos otros países la situación no es muy diferente. En el ámbito internacional, los organismos oficiales reconocen que las personas con discapacidad se encuentran entre los más pobres de los pobres y su situación está lejos de ser satisfactoria en casi todos los países, por no decir en todos. Cuando hablamos de pobreza siempre miramos a los países del denominado Tercer Mundo y, aunque no son los únicos donde la pobreza hace estragos, nos sobran los motivos para asociar estos conceptos con los países en desarrollo.
Según la Comisión de las Naciones Unidas para el Desarrollo Social de la Discapacidad, al menos unos 600 millones de personas en el mundo tienen alguna discapacidad, de los cuales el 70%, es decir más de 400 millones de personas, vive en economías de desarrollo o en transición. Datos de la presidenta de Inclusión Internacional, Diane Richler, apuntan que aproximadamente una de cada cinco personas con discapacidad en el mundo vive con menos de un dólar diario. Sólo en África subsahariana 247 millones de personas viven en esta situación, lo que las convierte en seres susceptibles de contraer enfermedades y generar discapacidades. En estos países el desempleo está situado por encima del 80%. Algunos ejemplos extremos los encontramos en la región de Asia-Pacífico, donde se estima que alrededor de 400 millones de personas tienen alguna discapacidad, reconocida o no, de las cuales el 40% vive en situación de pobreza. En América Latina y el Caribe se estima que aproximadamente 50 millones de personas tienen alguna discapacidad, sin embargo, la falta de datos estadísticos constituye un obstáculo para que los gobiernos tengan una dimensión más clara del problema.
Es bien sabido que hay un fuerte vínculo entre pobreza y discapacidad y que está estrechamente relacionado con la situación económica general de un país y sus condiciones de vida. Los factores que causan la pobreza no tienen el mismo impacto en todos los grupos, ni las medidas para erradicarla tienen el mismo efecto sobre unos y otros. En algunos países en desarrollo existe un ciclo de pobreza ligado a altas tasas de analfabetismo, desnutrición, desempleo y subempleo, así como a un acceso limitado a programas de vacunación y cuidados de salud materno-infantil. Por ello, es muy probable que la gente con discapacidad tenga condiciones de salud, vida y trabajo sumamente precarias. La discapacidad puede considerarse un indicador alterno de pobreza. En términos de salud, según la Organización Mundial de la Salud (OMS) el 50% de las discapacidades se pueden prevenir. La ceguera, la poliomielitis, la hipoacusia, la lepra, etc. ocurren en algunos estados africanos como una de las múltiples consecuencias de la pobreza. En los aspectos sociales, políticos y económicos, la discapacidad está relacionada con situaciones de exclusión y marginación en instituciones como las educativas, procesos comunitarios políticos y legales, empleo y participación social. Todos estos factores fortalecen las desventajas de contar con una discapacidad y potencian la pobreza.
“Todo es una cadena”, según Claudio. “Yo nunca he tenido una gran solvencia económica, pero desde el accidente todo fue a peor. Primero me quedé sin trabajo y sin derecho a percibir nada, porque mi situación en la empresa no era muy regular. Mis pocos ahorros comenzaron a agotarse. Empecé a mendigar porque con lo que tenía apenas me llegaba para comer ‘en condiciones’. No podía pagar el alquiler y dormía en la calle, entonces los catarros comenzaron a ser muy frecuentes, hasta convertirse en una ocasión en neumonía. Ahora estoy ‘más sano’, aunque padezco de colon irritable porque la mala alimentación de estos años me está pasando factura”. Quizás a Fernando le ocurriese algo semejante. Desde hace unos años padece piorrea, una enfermedad que provoca la caída de las piezas dentales. No cepillarse los dientes y una mala alimentación le han llevado a esta situación. Sin embargo no es la única afección que ha derivado de su situación de pobreza, también padece Hepatitis C. En principio, es fácil deducir que las causas que inducen a alguien que tiene una discapacidad a vivir en la pobreza (y viceversa) son la suma de los factores que, por separado, llevan a una persona a sufrir discriminaciones por ser discapacitado y a vivir excluido de la sociedad por no contar con recursos económicos suficientes. Sin embargo, como asegura Concha García, responsable del equipo técnico de Cáritas Madrid, “no se sabe si la discapacidad genera la pobreza o es esta situación de exclusión social la que genera la propia discapacidad. Pero se sabe que el colectivo de las personas con discapacidad es uno de los que cuenta con menos recursos existentes y que la mala alimentación, la escasez de asistencia, los malos hábitos, la precariedad sanitaria, etc. llevan a situaciones de pobreza”.
Existen muchas teorías sobre los factores que inducen a una persona a vivir bajo el umbral de la pobreza. Según la trabajadora social Concha García, una de las teorías más efectivas es la que divide estos factores en tres tipos. Por un lado, las cuestiones estructurales, que son aquellas que hacen relación a una situación de dificultad para conseguir empleo, acceder a una vivienda, etc. Aquí inciden factores como el desempleo, las zonas de exclusión o las deficiencias del sistema nacional sobre prestaciones sociales. Por otro lado, los factores de contexto, que guardan relación con la posibilidad de acceder o no a recursos existentes en esa sociedad. Por último están los aspectos subjetivos, es decir, las cuestiones personales de cada individuo, como la de disponer o no de una red social, enmarcada, por ejemplo, en el movimiento asociativo, o el apoyo familiar que sirva para amortiguar la discapacidad y ofrezcan una ayuda cuando los recursos económicos sean escasos.
Para Concha García, el empleo es el elemento de normalización más importante y el respaldo de la familia, “nuestro mejor colchón”. “Todos podemos pasar puntualmente por una situación de desempleo, pero si no contamos con el apoyo de nuestro entorno, esta eventualidad puede prolongarse en el tiempo. Se entra en un ciclo de exclusión muy difícil de salir”, asegura. El panorama laboral es uno de los aspectos más negativos para las personas con discapacidad, se podría decir que tienen una mayor predisposición a caer en la pobreza por el elevado índice de desempleo que presenta este colectivo. En muchas ocasiones, “la sociedad te impide el acceso a un trabajo, porque piensan que por tu discapacidad no vas a tener la preparación suficiente o simplemente porque no quieren realizar las adaptaciones oportunas en el puesto de trabajo”, añade García.
Claudio trabajaba en la construcción, pero ahora se lamenta de no tener ni los conocimientos ni la formación adecuada para conseguir un empleo. “Yo sólo sabía ser obrero, pero ahora, en una silla de ruedas, tantos años después, por culpa de no tener recursos para recibir una formación o tener un oficio no puedo trabajar en nada”, asegura. Además, Claudio tiene el otro inconveniente que señalaba Concha García: no cuenta con el apoyo de su entorno. Tiene un perrito, llamado dog, que es toda su familia. El único familiar de Fernando es su madre, afectada por cáncer y demencia senil. Pero un día tuvo una familia. Hace años se casó de penalti con “una chica que terminó ejerciendo la prostitución porque nuestros ingresos no daban para mucho”. Aunque en la actualidad su situación es bastante mejor que la de muchas personas de su entorno, confiesa haber hecho verdaderas atrocidades por necesidad. “No era consciente de la gravedad de mis actos, pero luego me he arrepentido de todos y cada uno de ellos”. Ahora, Fernando tiene una hija a la que no ve “por vergüenza, porque no sabría qué decirle. “¿Cómo podría explicarle a mi hija porqué estoy en esta situación?”
Lamentablemente, en nuestra sociedad, aún hoy existe otra traba social importante: los prejuicios o la estigmatización. Al tratarse de la unión de dos colectivos por sí mismos ya vulnerables, el resultado es un sector de la población con altísimo riesgo de exclusión social. Según la representante de Cáritas Madrid, “existe una mirada especial hacia las personas con discapacidad, sobre todo cuando viven por debajo del umbral de la pobreza. La sociedad es determinante, y aunque cada caso es diferente, cuando tienes recursos y todas las capacidades para salir adelante es mucho más fácil que cuando, a priori, te encuentras en desventaja, como le ocurre a estas personas”. Esto explica que Mario se muestre reacio a dar muchos detalles de su historia. Finalmente, entre pregunta y pregunta, con escurridizas y esquivas respuestas él y su mujer desglosan detalles de sus vidas cuidando siempre no contar aspectos demasiado personales porque Mario no quiere ser reconocido y que la gente les mire mal. Pero sin duda, alega, “lo último que deseo es que los compañeros de mis hijas conozcan nuestra vida y se burlen de ellas en el colegio”, por eso pide expresamente que no se le hagan fotografías donde pueda vérsele la cara. “Llega un momento en que piensas que vas a volverte loco. Eres consciente de que estás en un círculo muy difícil de salir y que encima la gente te mira por encima del hombro, porque sienten pena o, lo que es peor, superioridad”.
Las secuelas mentales, que incluso pueden desencadenar discapacidades, derivan de situaciones de exclusión como éstas. Son muy comunes entre personas que han luchado por salir adelante pero sólo han encontrado trabas por su discapacidad y prejuicios por su pobreza.
Historias como éstas son las que han llevado a la Alianza para una Sociedad Inclusiva, del Banco Mundial, a asegurar que “las personas con discapacidad son desproporcionadamente pobres y los pobres son desproporcionadamente discapacitados”. En las estrategias contra la pobreza desarrolladas hasta ahora, cuyos resultados no han sido precisamente alentadores, se ha tenido en muy poca consideración la discapacidad; ni como causa, ni como efecto. Es preciso un cambio de enfoque, una reorientación en la que la discapacidad se haga totalmente visible para incluirla como eje de lucha contra la pobreza, si la intención es obtener una visión real de la situación y no seguir mirando hacia otro lado. La inclusión de este colectivo en estrategias de reducción de la pobreza es muy reciente y, sin embargo, hay varias tácticas que pueden ser utilizadas para lograr avances en el proceso. Un buen punto de partida es el análisis global de una situación, un estudio que no es posible sin una variable: las propias personas con discapacidad. Se debe incluir a este colectivo en la toma de decisiones políticas que tengan una trascendencia pública importante. En este sentido, el papel del movimiento asociativo es determinante, ya que actúa de intermediario entre la sociedad y los poderes públicos y procura ofrecer a este colectivo una vida más digna.
Perseguir la igualdad, la no discriminación y abogar por la inclusión de la gente con discapacidad es una máxima que debe ser transversal y multidimensional, así como un asunto de derechos humanos que persiga alcanzar cualquier sociedad que se precie como justa y solidaria. Sin embargo, individualmente es difícil presionar lo suficiente para conseguir mejorar la calidad de vida y, en definitiva, reducir o eliminar la pobreza y la exclusión social. En este caso, la unión de dos vertientes diferentes, las ONG de desarrollo y las que luchan por los derechos de las personas con discapacidad, puede resultar muy productivo en la consecución de objetivos. Los organismos en defensa de ambos colectivos deben tener la fuerza suficiente para posicionarse ante los poderes públicos, ofrecer argumentos, reivindicaciones y posibles medidas para contrarrestar los efectos negativos de la discapacidad y la pobreza. Las organizaciones deben también aproximarse al sector empresarial y otros actores involucrados para construir las alianzas y los acuerdos necesarios que confluyan en erradicar la pobreza desde el fomento del empleo para los más necesitados. En la lucha contra la pobreza, donde se incluyen personas con y sin discapacidad, existen organizaciones que son un gran referente como la Alianza Española contra la Pobreza, que engloba a otras no menos importantes como la Coordinadora de ONG de Desarrollo (CONGDE) o a la Plataforma de ONG de Acción Social. Sin embargo, aunque éstas no son específicas de la discapacidad entre sus objetivos está el de trabajar para paliar los efectos de la pobreza y la discapacidad, aunque con una mejor coordinación los resultados obtenidos serían mucho más satisfactorios. Al margen de las entidades del movimiento asociativo, existen albergues, comedores sociales, centros y organizaciones que dedican su trabajo a hacer un poco más digna y fácil la vida de las personas sin recursos. Claudio acude a menudo a un comedor social y en ocasiones a algún albergue cercano, pero “la mayor parte de las veces no hay suerte porque están llenos, este apoyo no es suficiente en relación a la demanda existente”. La Fundación San Martín de Porres es para Fernando su segunda casa. A él acude cada día para trabajar en los talleres, formarse y entretenerse unas horas. Este centro es también un albergue para personas sin recursos y, además, cuenta con un centro especial de empleo para personas con discapacidad y un Centro de Apoyo a de Intermediación Laboral.
Para combatir la pobreza los objetivos ya están fijados, faltan las estrategias efectivas y su ejecución. Un gran referente en lo que a la lucha contra la pobreza se refiere es la Declaración del Milenio aprobada en el año 2000 por la Asamblea General de Naciones Unidas. En ella, los casi 190 gobiernos firmantes se comprometieron a hacer lo posible para erradicar la pobreza, promover la dignidad humana, alcanzar la paz, la igualdad y la democracia mundial.
El documento consta de ocho objetivos con los que se persigue erradicar la pobreza extrema y el hambre, lograr la enseñanza primaria universal, promover la igualdad de sexos y la autonomía de la mujer. Se pretende reducir la mortalidad infantil y mejorar la salud materna, combatir enfermedades graves como el Sida o el paludismo, garantizar la sostenibilidad del medio ambiente y fomentar una asociación mundial para el desarrollo. Estimaciones de Naciones Unidas muestran que los países ricos deberían invertir alrededor de unos 195.000 millones de dólares, el doble de lo que se destina ahora para alcanzar estos Objetivos del Milenio. El documento de Estrategia de Reducción de la Pobreza, elaborado por el Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial en 2002, propone ciertas tácticas sectoriales y programas para avanzar en este proceso, tales como garantizar el acceso de las personas con discapacidad a la educación y a los servicios de salud. Los gobiernos deberían, por tanto, comenzar cumpliendo las diversas convenciones internacionales y regionales de las que son signatarios para fortalecer las políticas sobre pobreza y discapacidad. Para esto último, las Normas Uniformes para la Equiparación de Oportunidades hacia las Personas con Discapacidad, que fue adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1993, debería haber sido un punto de referencia y partida.
Pero a la falta de voluntad política para cumplir requerimientos tan importantes como necesarios se suma, en muchas ocasiones, la falta de organización y coordinación respecto a los destinatarios de algunos apoyos gubernamentales. La ayuda, sobre todo la internacional, muchas veces, se dirige sólo a las situaciones que denuncian los medios, pero como señala García “a veces no se reflejan todos los estados de precariedad existentes. Muchas personas pasan hambre a diario y no salen en los periódicos”. La cooperación se vuelca demasiado con emergencias como la del tsunami, que en su momento se le dio especial relevancia mediática pero del que a día de hoy no se sabe nada, o como el huracán Katrina que asoló Nueva Orleáns hace algunos meses. “Pero a menudo se olvidan los lugares y las personas a las que no les ocurre nada, pero que necesitan ayuda constante; son personas y países asolados por el hambre y la pobreza extrema de manera continuada”.
Esta es una de las razones que llevan a Claudio a mostrarse reservado y tímido al contar su historia. “He sido utilizado por los medios para muchos reportajes, no quiero colaborar más”. Ésta fue su primera reacción por el recelo que siente hacia los medios de comunicación. Sin embargo, la primera respuesta de Mario no fue muy diferente: “me tienes que pagar por cada minuto que estemos hablando. No puedo perder el tiempo, porque estaría perdiendo el dinero con el que tienen que comer hoy mis hijas”. Ambos, como muchos otros, han desarrollado una desconfianza y un instinto de supervivencia propio de quien sabe que nadie mirará por él si no lo hace él mismo.
Los gobiernos deben garantizar más políticas sociales para todos especialmente para los grupos más vulnerables como las personas con discapacidad y con pocos recursos. Sin embargo, como asevera García, “aunque es necesario trabajar con y para el colectivo, tan importante o más, es buscar la normalización a través de la sociedad, para que conozcan y entiendan sus problemas. Aquí entran en juego las campañas de información divulgativa y los programas de sensibilización que suelen realizarse desde las asociaciones”, asegura.
La Alianza contra la Pobreza recuerda a los líderes mundiales que mantienen una larga lista de compromisos incumplidos y que las medidas tomadas siguen siendo claramente insuficientes. La educación, el empleo, la salud, la accesibilidad física, los servicios sociales y de apoyo, el ocio, la cultura, el deporte, la protección social y el marco legal siguen siendo los epígrafes habituales que llenan la agenda de los gobiernos en relación con la atención a la discapacidad. Entre todos debemos construir unas políticas que establezcan como meta, la creación de una sociedad inclusiva para todos, en la que las personas con discapacidad, como Mario, Fernando o Claudio, tengan un papel que desempeñar. En definitiva, una sociedad que celebre la diversidad, promueva la equidad y la justicia social, basándose en la frase atribuida a la doctora Lisa Kauppinen, presidenta de la Federación Mundial de Sordos, “una sociedad que es buena para la gente con discapacidad será una sociedad mejor para todos”. Así, nos aferramos con ilusión a la afirmación que se puede leer en el Informe sobre Desarrollo Humano de 2003: “el nuevo siglo ha empezado con una declaración de solidaridad sin precedentes y con el firme propósito de acabar con la pobreza en el mundo”. Ahora los objetivos y las metas ya están fijados, que se consiga o no depende de todos nosotros.
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